Llegó contenta a casa. Por extraño que parezca, a sus 12 años le encantaba ir al colegio. A pesar de ser una escuela nueva, con nuevas compañeras y distintas profesoras. Y a pesar de su dificultad por relacionarse con los demás y de su hermetismo. Sin embargo, llegó, un día más, contenta del colegio, con ganas de contarle a su madre todo lo aprendido.
Estaba preparando la merienda para ella y su hermana, mientras su madre terminaba de recoger un poco la casa. Se sentó a la mesa, ayudando a su hermana pequeña a alcanzar la silla. No dejaba de observar a su mamá. Como buena madre, había aprendido a disimular cualquier preocupación ante sus hijos para no romperles esa felicidad infantil. Sin embargo, había algo en sus gestos que, por muy imperceptible que fuera, delataban que algo sucedía. Su madre nunca la había tratado como una niña, a pesar de serlo (por edad). Así que la hija sabía que, llegado el momento, su madre le contaría qué pasaba. Y quizá el momento llegó antes de lo que se había imaginado.
Todavía en la mesa, saboreando la leche con colacao que contenía ese tazón azul de barro comprado un verano en la Bisbal d’Empordà, su madre se sentó junto a ella, le acarició tierna y dulcemente la mano y empezó diciendo: “Hay algo que debo contarte cariño. Sé que puede resultar difícil, e incluso doloroso, de entender a tu edad, pero estoy segura de que lo comprenderás y, además, no creo que deba ocultártelo por más tiempo.”
La niña dejó de untar en la leche aquellas Marbú dorada que tanto le gustaban y observó el rostro de aquella madre de 34 años. Seguía siendo tan joven como unos segundos atrás. Sin embargo, adentrándose en sus ojos, la niña pudo percibir la carga que arrastraba su madre, el dolor que oscurecía su corazón y la falta de aire que gritaban sus pulmones. Por un momento, le hubiese gustado detener el tiempo, rebobinar hasta unos segundos atrás, y seguir zambullida en su tazón azul de leche de la Bisbal, como su hermana de 5 años estaba haciendo. Pero, a su vez, le gustaba ser tratada como una persona mayor. Además, si escuchando a su madre, la podía liberar de tanta carga, por qué no estar atenta a lo que tenía que contarle.
“Mamá – empezó a balbucear atropelladamente la niña – si he hecho algo malo, que te haya podido molestar, lo siento. Dime qué es y no volverá a suceder. Sólo soy una niña que está aprendiendo. No quiero que por mí estés así de triste.”
La madre quiso hacerla callar, pero dejó que su niña hablara. Cuando hubo terminado, le acarició la cara, sonriéndole, y dijo: “No hay nada que tú hayas hecho mal, mi vida. Y no eres tan niña como piensas. Ojalá algunos
adultos pudieran aprender de tu madurez.” Una lágrima se aventuró a aparecer en la comisura del ojo derecho de la madre, que enseguida secó para evitar la llegada de más. “Nada tiene que ver contigo, cariño – continuó la madre – sino con una persona a quien queremos, especialmente tú. Como ya sabes, desde hace unos meses tu tía está enferma. Por fin, los médicos han sabido ponerle nombre a lo que padece. Es una enfermedad muy reciente. Se llama SIDA. Y verás…”
Seguramente su madre le contó mucho más. Pero, al oír esas cuatro siglas, la niña abrió sus ojos desmesuradamente y se sumergió en su mente, buscando dónde había oído ya esas cuatro letras. No podía saber exactamente ni cuándo ni dónde esa palabra se inscribió en su diccionario personal. Sólo sabía que no le recordaba nada bueno. Zambullida todavía en su mente, sus oídos captaban algunas de las palabras que su madre le estaba diciendo: “enfermedad … paciencia … incurable … riesgos … cariño … precauciones … amor … normalidad … lo peor … información …”
Ese fue el último día que merendó leche con galletas en su tazón azul de la Bisbal. Han pasado los años. Aún lo conserva. Nunca más ha vuelto a utilizarlo.
A su corta edad vivió lo mejor que pudo la enfermedad de alguien a quien tanto admiraba y quería. Con la fuerza de una niña, y no la de un adulto, porque éstos le demostraron durante dos años cuan miedosos, cobardes e hipócritas eran los “mayores”. Con la fuerza de una niña afrontó esa etapa. Una enfermedad incurable le arrebató a quien más había querido, y a quien más llegará nunca a querer. Y encima, semejante enfermedad actuó lentamente, arrancándole cada día un trozo de paciencia, un pedazo de cariño, una pizca de amor; sumergiéndolo todo en una normalidad aparente, para exprimir al máximo el breve tiempo concedido y guerrear con el dolor para ver quién era más fuerte.
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días en que, a pesar de ser tratada como una adulta, se avergonzó de los mayores – de “los que saben” –, y capeó el temporal con la sabiduría de una niña.
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos meses y, a pesar del avance tecnológico, el SIDA sigue siendo una enfermedad incurable, a la que hay que hacer frente con mucha ‘paciencia’ y ‘normalidad’; aderezando ambas virtudes de ‘cariño y amor’, y añadiéndole –sobre todo y muy especialmente, como aprendió entonces y hoy aún no ha olvidado – una gran dosis de ‘respeto’.
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días, pero multitud de (sucedáneos de) adultos siguen nadando en la desinformación, el rechazo, la falta de respeto, la ceguera, el miedo, la cobardía…
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días, cuando la niña se formuló una pregunta a la que todavía hoy no ha obtenido respuesta y que ha decidido volver a plantearse: “qué es peor: una enfermedad de la que no puedes curarte y que sabes que acabará contigo (como el SIDA), o una ‘enfermedad’ en la que has caído voluntariamente y de la que, a pesar de disponer de la información y los medios necesarios, no vas a poder salir (como la ceguera de todo lo que nos rodea)?.”