Recordar El Primero Amor Desde La Vejez

jueves 3 de enero de 2008

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Escuchaba la radio cuando sonó una canción de amor. Y se preguntó si éste realmente existía; si era posible o si era, simplemente, una mentira. A veces, había pensado una cosa; otras veces había creído otra. Hoy sabe que es un sentimiento maravilloso si es recíproco, pero si amas a alguien y no recibes el amor que tú sientes... puede ser fatal.
La canción de la radio todavía no ha terminado. Se detiene a escucharla. Ya seguirá después limpiando la vajilla. Con un trapo entre sus manos va secándolas, como si con ese gesto fuese a alargar la canción. Sonríe al recordar cuando era joven y vivió su primer amor: fue una experiencia que jamás olvidará. Entonces no sabía distinguir si era amor o tan sólo amistad. Pero de lo que está segura es que fue el primero.
Se sienta en una silla que hay en la cocina, mientras las últimas notas se alargan en el transistor que acompaña sus mañanas. Contempla sus manos con dulzura y sus ya bien instaladas arrugas, y se da cuenta de que el tiempo ha pasado. Ha envejecido después de tantos años, pero todavía está enamorada de él. Ama a su marido, pero no ha podido olvidarlo. Él está felizmente casado con otra mujer y la quiere. Pero cuando alguna vez se encuentran, un estremecimiento, que no pueden controlar, recorre sus cuerpos, tal y como cuando eran jóvenes, como si fuera la primera vez y la flecha de Eros hiciera que se enamoraran, de nuevo.
Aún hoy recuerda, después de tantos días ya pasados, la última frase que se dijeron. Es una melodía que sólo les corresponde a ellos dos y que pone música a su días. Él le susurró: “He oído que ya no sueñas en colores”. Ella sólo respondió: “Sí, he perdido mis gafas de lluvia y el corazón de ámbar ha dejado de latir y brillar”.

Canción de Amor y Oficina

miércoles 12 de diciembre de 2007

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Aún cuando ya llevaba años en la oficina no conseguía sentirse uno más. Nunca consiguió vencer su miedo al rechazo. Nunca consiguió vencer esa parálisis que le producía que alguien pudiera despreciarle. Pasaba las horas con la nariz hundida en el monitor del ordenador, soñando con un mundo en el que encajara, sin la más mínima intención de poner los pies en este en el que habitaba.

Cuando ella entró nueva en la oficina un terremoto sacudió el desfiladero entre sus dos mundos. Empezó como un pequeño temblor cuándo se acercó a presentarse. Siguió con vibraciones más perceptibles cuando coincidían en la fotocopiadora y ella le preguntaba cómo le estaba yendo la jornada y además prestaba atención a su respuesta. Se convirtió en un movimiento de tierras perceptible por todas las escalas cuándo a la hora del café charlaban y compartían semejantes puntos de vista sobre la vida y sus atascos. Por fin, fue un seísmo que redujo a polvo todos los muros con los que había acorazado sus miedos cuando pasearon sin mucha prisa y con muchas palabras hasta la boca de metro, que no fue la más cercana a la puerta de la oficina.

Sin muros, sin barreras, sin trincheras y sin obstáculos de ningún tipo, se decidió a dejar que la ilusión creciera.

Con toda la ilusión florecida, cierto día, en cierta ocasión, por instinto, sin pensarlo, sintió la necesidad abrazarla. Ella respingó hacia atrás, - Ya ha habido suficiente contacto físico.- y se apartó. El silencio que siguió sonó como todas las lluvias del mundo cayendo sobre el asfalto de la ciudad.

La ilusión quebró partida por un rayo y solo dejó cenizas de obsesión. Ya no pudo volver a poner los pies en el sueño.


Imagen | Richard Estes

1 De Diciembre ...

viernes 30 de noviembre de 2007

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Llegó contenta a casa. Por extraño que parezca, a sus 12 años le encantaba ir al colegio. A pesar de ser una escuela nueva, con nuevas compañeras y distintas profesoras. Y a pesar de su dificultad por relacionarse con los demás y de su hermetismo. Sin embargo, llegó, un día más, contenta del colegio, con ganas de contarle a su madre todo lo aprendido.

Estaba preparando la merienda para ella y su hermana, mientras su madre terminaba de recoger un poco la casa. Se sentó a la mesa, ayudando a su hermana pequeña a alcanzar la silla. No dejaba de observar a su mamá. Como buena madre, había aprendido a disimular cualquier preocupación ante sus hijos para no romperles esa felicidad infantil. Sin embargo, había algo en sus gestos que, por muy imperceptible que fuera, delataban que algo sucedía. Su madre nunca la había tratado como una niña, a pesar de serlo (por edad). Así que la hija sabía que, llegado el momento, su madre le contaría qué pasaba. Y quizá el momento llegó antes de lo que se había imaginado.

Todavía en la mesa, saboreando la leche con colacao que contenía ese tazón azul de barro comprado un verano en la Bisbal d’Empordà, su madre se sentó junto a ella, le acarició tierna y dulcemente la mano y empezó diciendo: “Hay algo que debo contarte cariño. Sé que puede resultar difícil, e incluso doloroso, de entender a tu edad, pero estoy segura de que lo comprenderás y, además, no creo que deba ocultártelo por más tiempo.

La niña dejó de untar en la leche aquellas Marbú dorada que tanto le gustaban y observó el rostro de aquella madre de 34 años. Seguía siendo tan joven como unos segundos atrás. Sin embargo, adentrándose en sus ojos, la niña pudo percibir la carga que arrastraba su madre, el dolor que oscurecía su corazón y la falta de aire que gritaban sus pulmones. Por un momento, le hubiese gustado detener el tiempo, rebobinar hasta unos segundos atrás, y seguir zambullida en su tazón azul de leche de la Bisbal, como su hermana de 5 años estaba haciendo. Pero, a su vez, le gustaba ser tratada como una persona mayor. Además, si escuchando a su madre, la podía liberar de tanta carga, por qué no estar atenta a lo que tenía que contarle.

Mamá – empezó a balbucear atropelladamente la niña – si he hecho algo malo, que te haya podido molestar, lo siento. Dime qué es y no volverá a suceder. Sólo soy una niña que está aprendiendo. No quiero que por mí estés así de triste.

La madre quiso hacerla callar, pero dejó que su niña hablara. Cuando hubo terminado, le acarició la cara, sonriéndole, y dijo: “No hay nada que tú hayas hecho mal, mi vida. Y no eres tan niña como piensas. Ojalá algunos adultos pudieran aprender de tu madurez.” Una lágrima se aventuró a aparecer en la comisura del ojo derecho de la madre, que enseguida secó para evitar la llegada de más. “Nada tiene que ver contigo, cariño – continuó la madre – sino con una persona a quien queremos, especialmente tú. Como ya sabes, desde hace unos meses tu tía está enferma. Por fin, los médicos han sabido ponerle nombre a lo que padece. Es una enfermedad muy reciente. Se llama SIDA. Y verás…

Seguramente su madre le contó mucho más. Pero, al oír esas cuatro siglas, la niña abrió sus ojos desmesuradamente y se sumergió en su mente, buscando dónde había oído ya esas cuatro letras. No podía saber exactamente ni cuándo ni dónde esa palabra se inscribió en su diccionario personal. Sólo sabía que no le recordaba nada bueno. Zambullida todavía en su mente, sus oídos captaban algunas de las palabras que su madre le estaba diciendo: “enfermedad … paciencia … incurable … riesgos … cariño … precauciones … amor … normalidad … lo peor … información …

Ese fue el último día que merendó leche con galletas en su tazón azul de la Bisbal. Han pasado los años. Aún lo conserva. Nunca más ha vuelto a utilizarlo.

A su corta edad vivió lo mejor que pudo la enfermedad de alguien a quien tanto admiraba y quería. Con la fuerza de una niña, y no la de un adulto, porque éstos le demostraron durante dos años cuan miedosos, cobardes e hipócritas eran los “mayores”. Con la fuerza de una niña afrontó esa etapa. Una enfermedad incurable le arrebató a quien más había querido, y a quien más llegará nunca a querer. Y encima, semejante enfermedad actuó lentamente, arrancándole cada día un trozo de paciencia, un pedazo de cariño, una pizca de amor; sumergiéndolo todo en una normalidad aparente, para exprimir al máximo el breve tiempo concedido y guerrear con el dolor para ver quién era más fuerte.

Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días en que, a pesar de ser tratada como una adulta, se avergonzó de los mayores – de “los que saben” –, y capeó el temporal con la sabiduría de una niña.
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos meses y, a pesar del avance tecnológico, el SIDA sigue siendo una enfermedad incurable, a la que hay que hacer frente con mucha ‘paciencia’ y ‘normalidad’; aderezando ambas virtudes de ‘cariño y amor’, y añadiéndole –sobre todo y muy especialmente, como aprendió entonces y hoy aún no ha olvidado – una gran dosis de ‘respeto’.
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días, pero multitud de (sucedáneos de) adultos siguen nadando en la desinformación, el rechazo, la falta de respeto, la ceguera, el miedo, la cobardía…
Han pasado ya dieciocho años desde aquellos días, cuando la niña se formuló una pregunta a la que todavía hoy no ha obtenido respuesta y que ha decidido volver a plantearse: “qué es peor: una enfermedad de la que no puedes curarte y que sabes que acabará contigo (como el SIDA), o una ‘enfermedad’ en la que has caído voluntariamente y de la que, a pesar de disponer de la información y los medios necesarios, no vas a poder salir (como la ceguera de todo lo que nos rodea)?.”

Si se callase el ruido

sábado 20 de octubre de 2007

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Ruido de trenes quebrados y de estaciones por los aires. Ruido de ambulancias y de tímpanos rotos, de gritos de socorro y de silencios desesperanzados. Ruido de ondas expansivas, de metralla y escombros. Ruido de nuevos huérfanos y de bostezos interrumpidos. Ruido de explosiones y de opiniones, de mentiras repetidas y de declaraciones oficiales, ruido de políticos y de campañas electorales.

Un bombero se abre paso, a golpes de hacha, y entra en un vagón destrozado. A través del humo y del polvo que agrega más niebla ala bruma del amanecer, apenas puede ver a los pasajeros caídos unos sobre otros, maniquíes rotos en pedazos entre las maderas en astillas, cristales, jirones de ropa y hierros retorcidos.

La linterna recorre esos despojos buscando el más mínimo movimiento. Sobre un suelo helado y calcinado de vísceras y chatarra, sangre en los asientos y tripas de cualquiera junto a los apuntes de un adolescente. Y un inmigrante ilegal muerto junto a un trabajador español y una estudiante junto a un voluntario espontaneo buscando un trozo de vida y un brazo que se le perdió

No se escucha ni un gemido, ni un llanto. Sólo rompe el silencio el ruido de los timbrazos de los teléfonos móviles, cientos de melodías a la vez que llaman y llaman y llaman desde los muertos en una esperpéntica sinfonía. A medida que se va callando el ruido de uno de esos instrumentos de esta macabra orquesta, comienza en otro lugar el ruido del llanto de una esperanza apagada.

Inshallah

jueves 11 de octubre de 2007

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Recuerdo haber leído que Albert Einstein dijo, “La vida no es peligrosa por las personas que hacen daño, sino por las que se sientan a ver qué sucede”. Hasta entonces yo siempre había creído que, quizá, sería más conveniente no moverse. Ya que si no actuaba, no haría daño a nadie.

Entonces llegaste tú, de un país para mí lejano y desconocido; de una región considerada la cuna de una civilización. Tu cultura y la mía no se parecían en absoluto. A ti te enseñaron a vivir la religión; tú tenías a un Dios a quien alababas. Yo había olvidado la última vez que pisé una iglesia para rezar. Tú sabías que en cuanto terminaras tu formación académica, regresarías a tu país, te casarías y tendrías hijos. Ese era tu deseo. Yo no me cansaba de repetirte que eras demasiado joven, que ahora sólo debías pensar en viajar, en conocer gente y disfrutar de la vida. Te sorprendía que en mi lista de prioridades no estuviera incluido formar una familia y, mucho menos, tener hijos. Incluso me dijiste que para ti ya era un gran logro poder estar viviendo en otro país, lejos de tu casa. Y que me ‘envidiabas’ por haber viajado tanto y poder ir sola donde quisiera…

Esas simples diferencias nos parecían de lo más banal. A todo ello se sumaban el idioma, la escritura, la forma de vestir, la comida, el beber o no alcohol, etc. Había cosas que no entendíamos la una de la otra. Pero nunca menospreciamos la cultura de quien teníamos delante. Teníamos sed por aprender de esas diferencias y por conocer más allá de los estereotipos fijados. Cuando tú me decías que una u otra palabra mía provenía de tu lengua materna, o que tenía alguna costumbre parecida a la tuya, yo sonreía y con tono bromista añadía que era normal… después de más de siete siglos de invasión siempre se retienen cosas. Tú te reías y me contagiabas esa risa. En ese mismo instante, ni tú ni yo éramos tan distintas.

Dos años después, yo he vuelto a mi ciudad natal, a orillas del Mediterráneo. Tú regresaste con tu familia. En la última carta que me escribiste me contabas que estabas contemplando la puesta de sol a orillas del río Tigris. En ese mismo instante recordé el día que nos despedimos, en el Pont des Arts, en París, junto al Louvre. También contemplamos una puesta de sol magnífica, tras una espléndida cena-picnic. No he vuelto a tener noticias tuyas. Aunque, por desgracia, he visto tu ciudad y todo tu país cada día en televisión. Me angustia no saber si estarás bien. Me da miedo pensar que no volverás a contagiarme esa risa tuya.

Con tu imagen todavía grabada en mi retina, oigo a los periodistas contar el ensordecedor ruido de las bombas. Cuentan que los países democráticos y libres (qué grandes palabras, ¿no crees?) os quieren liberar de un opresor. Llevo media hora mirando la televisión, y todavía no he escuchado lo que dicen. Sus palabras me suenan vacías, no me enseñan nada. Sólo alcanzo a preguntarme qué derecho tienen esos ‘libertadores’ para apoderarse de una palabra como es “libertad”.

Sin forzar mi mente me acordé de la frase de Albert Einstein. Sin reflexionar demasiado, me calcé las botas, cogí el abrigo y fui al centro de la ciudad. Estaba totalmente colapsada. Había gente por todas partes gritando contra algo que consideraban injusto y haciendo un llamamiento a la paz, a la tolerancia. Me sentía triste al ver que vivíamos sumergidos en una democracia corrupta, que se deslizaba hacia una dictadura oculta e invisible. ¿Recuerdas cuando te hablaba del concepto de ‘democratura’? Vi, entonces, cómo los ‘buenos’ nadábamos en ese ‘nuevo sistema’. A su vez, me permití sonreír, porque nadie me podría ‘acusar’, por una vez, de sentarme a ver qué sucedía. Decidí actuar, de la única manera que pude: mostrando mi rechazo a quienes minaban mis principios y los de todo aquel que estaba a mi lado en aquella tarde de sábado.

Han pasado ya unos años desde que escribiera las líneas que acabas de leer. No estoy demasiado segura de que te lleguen estas palabras, que he querido unir con la voluntad de encontrar algún sentido. En todo este tiempo, habré recibido noticias tuyas un par de veces. Fueron demasiado breves, pero suficientes para brindarme una pizca de esperanza e imaginar que aún podré volver a reírme contigo. Me dijiste que rezarías a tu Dios por mí. Yo, a mi manera, pediré por ti.

Recuerdo lo que me relatabas en una de las escasas cartas que me mandaste en estos últimos años:
Ayer bombardearon mi casa. Aunque no consiguieron derribarla. Y no porque las bombas no la alcanzaran de lleno, sino porque ya no había edificio que destruir. Pero para mí aquel trozo de terreno, con sus ruinas sobre él, era mi hogar.
Ayer bombardearon un poco más mi religión. Lo hicieron en nombre de una “justicia divina”. Pero desconocía que Dios estuviera entre nosotros como otro ser humano cualquiera, que habla de venganza, que se declara absolutamente creyente en su fe, que reverencia esos billetes en los que se puede leer “In God we trust”, pero que nunca ha leído la Biblia y todas las enseñanzas que de ella pueden desprenderse: No recuerdo ningún versículo en el Nuevo Testamento que diga “ojo por ojo y diente por diente”; más bien me viene a la memoria la frase “si te dan en una mejilla, pon la otra”. Pero claro, yo no soy de esa religión, yo no pertenezco a Occidente y, seguramente, no tengo razón. Tampoco poseo los medios suficientes para estar completamente informada de lo que sucede; aunque a veces no sé qué es peor: no poder saber o tener la información absolutamente manipulada.
Les conté a mi grupo de amigas el segundo derribo de mi casa, o ¿es ya el tercero? He perdido la cuenta. La judía se quedó sin palabras –raro en ella porque es una persona a quien le encanta hablar–. La protestante vociferó ante tales atrocidades. La católica practicante me dijo que rezaría a Dios por mí, y no se refería a quien cree serlo estos días. La atea secó las lágrimas de mis mejillas susurrándome que habría solución. Todas me ofrecieron un hogar, sin intolerancias y con respeto de gestos, no de palabras.
Que alguien le pida a Dios por todos aquellos que han olvidado lo que son: simplemente seres humanos.


Han pasado días, semanas, meses, e incluso años. Aquí me tienes. Sigo contemplando el televisor. Continúan las mismas noticias. A pesar de que algunos, los apodados por ellos mismos como los ‘buenos’, nos intentan convencer de que todo va a mejor, ya no consiguen ni creerse su propia mentira. Yo ya he abandonado la sonrisa irónica para zambullirme en la risa incrédula cuando los oigo como ruido de fondo. Lástima que ya, cansadas, no queramos prestar más atención a quienes nos (mal)dictan las reglas del juego. Pero peor es seguir mirando ese televisor mudo, que es incapaz de decirme cuándo podré volver a reírme contigo.

Recuerdo todo aquello que me enseñaste. Y espero nunca olvidarlo. Por todo ello, gracias. Shukran por tus enseñanzas y tu amistad. Hasta muy pronto, en el Pont des Arts. Inshallah.

Te Conocí

miércoles 10 de octubre de 2007

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Una vez conocí a un tipo. Apenas pasaron unas horas cuando descubrí que me había mentido. Al cabo de un tiempo, volví a verlo una segunda vez y de nuevo fui víctima de sus embustes. No supe más de él y lo único que puedo decir acerca de aquel tipo es que es un mentiroso.

Coincidí contigo por vez primera cuando la infancia le daba el relevo a la adolescencia. Desde entonces hemos reído juntos, hemos llorado - tú más que yo - hemos discutido, nos hemos engañado y nos hemos reconciliado. Hemos madurado tanto que ahora somos mucho mejores adolescentes que hace quince años.

De ti no sé qué decir con exactitud, no puedo decir que seas ni buena ni mala, ni arrogante, ni humilde, ni hipócrita, ni honesta. Aunque seas todo esto a la vez. Y por supuesto me mentiste - nos mentimos - muchas más de dos veces.

Supongo que todos somos un poco buenos y un poco malos y en ese porcentaje en el que nos conocemos, nos aceptamos y nos sabemos reside la capacidad para el perdón. Yo tomé conciencia de todo lo que podía perdonarte cuando te conocí.

¡Birmania Libre!

jueves 4 de octubre de 2007

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"Sueños Despiertos" se suma a la iniciativa de la comunidad de bloguers detienendo hoy, 4 de Octubre, nuestra actividad para mostrar un único post en contra de la represión en Birmania.

LOS DIOSES Y EL MAR

lunes 1 de octubre de 2007

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Cuando Cronos, el tiempo, arrojó a su padre Urano, descuartizado, sobre las olas, de sus restos y de la espuma del mar nació Afrodita, diosa del amor. De los pedazos que cayeron en tierra nacieron las Furias y los Gigantes. Más tarde, Cronos se dedicó a devorar a sus hijos recién nacidos, porque una profecía anunciaba que uno de ellos le destronaría, como él a su padre.

Cronos no era, de todos modos, un dios asesino por puro capricho: albergaba sus motivos, y había visto malos ejemplos en casa. Su padre también se la tenía jurada a sus hijos, y según nacían, los sepultaba; fue la propia mujer de Urano quien harta de los malos tratos (aunque de eso no se habla en la leyenda) armó a Cronos con una guadaña para que pusiera fin a tanto desmán. Y a Cronos le salió mal el juego. No hay quién luche contra las profecías. Su mujer se la jugó también a él, y entre los platos exquisitos de hijo que degustaba le coló una piedra y salvó la vida de Zeus, que más tarde le arrebataría el trono del Universo. Menos sangriento que su padre y que su abuelo, Zeus se limitó a desterrar al viejo monarca, y dedicó el resto de su gloriosa existencia a perseguir jovencitas y a tener hijos ilegítimos.

La historia ha dado un giro extraño en los últimos años: ahora, la espuma del mar nos arroja a pobres seres humanos, desvalidos, negros. Los más desfavorecidos, los más valientes entre ellos. Los tiempos avanzan, y en los nuevos mitos los dioses han espabilado y ya se adelantan a que cualquier hijo les arrebate la supremacía. Los devoran cuando aún no han comenzado a vivir. Y ya no aguardan a traiciones de mujeres. Antes de ser descuartizados, descuartizan ellos. Los restos no caen, poéticamente, al mar azul y tranquilo y antiguo, sino a una bolsa, con un número de serie y de registro. Regresan a la tierra, por tanto, y ya hemos dicho que de los despojos que no cayeron al mar nacieron las Furias. Cada día encuentran, por tanto, fulminados por la guadaña de los que se creen dioses e imparten una justicia vengativa y brutal. Son las mismas historias esbozadas en las mitologías anteriores. Urano ha despertado de su sueño, ha reunido sus pedazos y ha iniciado una represalia contra sus hijos. Por esa razón encontramos diosas del amor destrozadas, o mujeres víctimas de venganzas por ayudar a sus hijos.

Los dioses no acostumbran a comunicarse con los humanos. Ese tipo de deidades sangrientas no hablan, huyen. Aguardan, temblando, el momento en que les llegue, también a pedazos, la muerte.

Espido Freire . Agosto 2007 [Psychologies nº 33].